
Hay vidas que no se miden en años, sino en la profundidad de las huellas que dejan en la tierra y en el alma de una comunidad. La partida física de Eduardo “El Polaco” Groh Riemersma sacudió a Santiago del Estero, dejando un dolor sordo, pero también encendiendo una llama que el tiempo difícilmente logrará apagar. Para el movimiento proteccionista y para miles de seres sin voz, El Polaco no fue simplemente un rescatista; fue un faro de dignidad, un refugio en medio de la intemperie y la última oportunidad para los olvidados de la calle.
Durante casi dos décadas, su rutina diaria estuvo impulsada por una convicción inquebrantable: sanar las heridas del abandono y la crueldad. A través de la creación del emblemático refugio El Montecito de los Canichones, Eduardo transformó el sufrimiento en esperanza. Con ingenio y una entrega sin reservas, devolvió la alegría y la movilidad a decenas de animales con discapacidades mediante los recordados carritos de “Los Patirruedas”. Eduardo demostró que el amor no entiende de limitaciones físicas y que cada vida merece ser cuidada con respeto. Su labor trascendió las paredes del refugio, llevando charlas de concientización a escuelas e impulsando a toda una provincia a mirar con mayor empatía al animal desamparado.
El vacío que deja su ausencia es enorme y el reto actual es monumental. Mantener en pie la obra de un hombre que llegó a cobijar a cientos de perros en simultáneo requiere hoy el compromiso colectivo de toda la sociedad santiagueña. Honrar su memoria significa no soltar la mano de los “canichones” que él defendió hasta su último aliento.
Detrás del luchador incansable estaba también el hombre auténtico, el cliente respetuoso y el amigo de lealtad a prueba de todo. En cada encuentro cotidiano, en cada conversación y en la confianza compartida durante años de trabajo, Eduardo dejó una marca imborrable por su generosidad y calidad humana. Daniel Acuña “Toty”, quien tuvo el verdadero privilegio de contar con su confianza como cliente y, por sobre todas las cosas, de disfrutar de su amistad sincera, despide hoy a un entrañable compañero de ruta.
Hasta siempre, Polaco querido. Tu luz seguirá brillando en cada ladrido de alegría, en cada carrito que continúe rodando y en el corazón agradecido de quienes tuvimos el honor de caminar a tu lado.